Mis poemas

Rosas Blancas
Existe un jardín de rosas blancas
en donde reina por siempre el alba:
tal es el arca de esencias gratas
donde la luna dejó su plata.
Evocan tantas lejanas noches
de serenatas y de ilusiones,
noches que sueñan con el ensueño
de enseñorearse de tus cabellos,
de su finura tan inefable,
- tus blancas canas - mi linda madre.
A lo sublime de tus afectos
yo quise darle pequeño exvoto;
por eso canto, por eso lloro
acariciándote los cabellos.
Llueve en la noche… la medianoche de mis sentidos
y en la penumbra de mis paredes oigo latidos;
suenan como si fuesen cabalgaduras
que a cuesta llevan mis ansiedades y tus ternuras.
Veo tu rostro predibujado con leves trazos de carboncillo
en un papiro viejo… tan viejo… tan amarillo
que el sólo roce de suave mano
lo destruyera ante la angustia de su artesano.
Ambivalentes, mis pretensiones buscan tu labio
aunque rechazan de ti la nota en que va el resabio
con que me dices que no me quieres
sin preguntarte si, al ser sincera, tan cruel me hieres.
Llueve en la noche… la medianoche de mis sentidos
y en la penumbra de mis paredes oigo latidos;
suenan como si fuesen cabalgaduras
que a cuesta llevan mis ansiedades y tus ternuras.
Tierno secreto será tu nombre
que no revelo nunca, por hombre,
y sin embargo grito a los cielos tu descripción:
bello retrato de honda factura… mi bendición.
Para el amor ausente que a mi pasión condena
no he de desearle pena, ni llanto, ni dolor;
porque mi pobre vida todo lo da por ella,
por perseguir su huella, por alcanzar su amor.
Mas si el amor ausente que a mi pasión condena
no halla en el mundo dicha y escancia el desamor
si es su dolor la causa de que a mi lado vuelva
¡Yo he de desearle pena… y llanto… y dolor.!
Yo la besaba como se besa
con la mirada la luz del día,
era el remanso de mi tristeza
la turbulencia de mi alegría.
Tenía en mi alma su cuerpo preso
y sin embargo no fuí su dueño;
yo la besaba y aún la beso
en la nostalgia gris de mi sueño.
Tenía en mi alma su imagen presa
y sin embargo nunca fue mía
la que besaba como se besa
con la mirada la luz del día.
Era en mi noche un lucero blanco
y en mi jardín la inocente flor;
era, de amarla, un fulgente lampo
- luz en mi cielo, brisa en mi campo -
tierno latido en mi corazón.
Pero una noche tomé un sendero
que me alejó de mi amada flor;
languidecido quedó el lucero,
perdí la luz de mi amor primero
y aún la llora mi corazón.
En la dulce copa de mi propia boca
tus preciados besos quiero atesorar
y una vez cautivos, presos en mi copa,
verterá tu boca purpurinas gotas
sobre mi ansiedad.
Tan sutil mirada viertan tus pupilas
que en las mías dejen su feminidad
y que para siempre sea tu boca linda
esa copa guinda, fuente inmerecida
de felicidad.
La sensatez y el corazón no se conocen
siguen caminos paralelos donde estés,
porque tus labios prodigaron con su roce
a mis sentidos el vocablo insensatez.
Insensatez de apartarme de tu ternura
si al cabo vuelvo a mendigarte, amante fiel;
Insensatez de irme impregnando con locura
de tu perfume, de tus labios y tu piel.
La sensatez y el corazón nunca congenian,
jamás se tocan por la ruta donde vas…
y sin embargo, obsesionados, se la ingenian
para inducirme hasta tu boca una vez mas.
Insensatez de perseguir un imposible,
una quimera, una utópica ilusión
que en el glosario de las cosas indecibles
simplemente llamarémosle pasión.



